23 de julio 23’
Le dije felicidades, y espero que se haya dado cuenta que era la felicitación más falsa que he dando en mi vida y que mi sonrisa estaba tan forzada que los músculos de mi cara se entumecieron en seguida, había ganado una convocatoria por algún tipo de influencia, eso era claro. Después de haber acabado la cena me dirigí a mi casa, harto y triste, me di cuenta que la odiaba y que cualquier intento por remediar todos mis pensamientos sólo eran signo de inmadurez, a punto de morir de melancolía. Llegue a mi lugar de descanso, mi cuarto era un pequeño lugar en donde se olía el talento desperdiciado, siempre esperando nacer de algún lado. Recordé que tenía mucho que hacer pero estaba tan desesperado por hacer algo que termine endiosando el tiempo, me fui a dormir. Mi cama era un lugar que amaba pero después de ese día no se qué pasó, era algún tipo de presagio infernal. Primero empezó con un pequeño resorte que me golpeaba el hígado, al día siguiente desperté por la madrugada casi llorando del dolor, tuve que cambiar de posición porque probablemente me hubiera atravesado el costado ese resorte. A la mañana siguiente amanecí cansado, más de lo normal, más del cansancio que te infunde el ser positivo.
Por fin limpio, después las gotas de sudor combinaban con la humedad de mis cabellos. En el transporte público sólo podía resistir, solo podia estar quietecito, no pensar en mi espalda empapada, mis lagañas milenarias y mis indigestiones. Escuchaba la conversación de un abogaducho que ese día su carro no circuló, albardaba de el precio de la computadora de su hija, se la trajeron del gringo, el decia: la de la manzanita. El hombre hablaba tan alto que rebotaba en los cuerpos apelmazados de los que estábamos parados a su al rededor. Mi cuerpo estaba algo atormentado, recién estaba descubriendo el odio dentro de mi, entendiendome, comiéndome y aventándome a diferentes lados. Mi liberación mental y sexual había sido por mis huevos, pero ahora no sabía que pasaba. Mientras que soñaba con salir del espejo el día se fue dando como todos, recibí llamadas y regresé consejos. Todo parecía ir al curso de siempre pero llegando de nuevo a lo que parecía mi hogar resultó extraño, una gotera hizo un charco en la entrada y un grupo de moscos gordos me esperaban para reventarme.
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